Camino a Finisterre y Muxía

5 Etapas | 120 km

La ruta más mística y espiritual del Camino de Santiago

El Camino a Finisterre y Muxía es la prolongación del Camino de Santiago que une Santiago de Compostela con la enigmática Costa da Morte. Un recorrido milenario hacia las bravas aguas del Océano Atlántico que simbolizaba la purificación y sanación del alma de los peregrinos.

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Información del Camino a Finisterre y Muxía

Camino a Finisterre y Muxía

El Camino a Finisterre y Muxía es una ruta bastante tranquila y sin grandes desniveles. Encontrarás pueblos muy interesantes, como Ponte Maceira, catalogado como uno de los Pueblos Más Bonitos de España. Pasarás por pintorescas aldeas rurales, pazos, cruceiros e innumerables hórreos. La lluvia se convertirá en tu compañera de viaje, terminarás enamorándote de las mañanas de bruma caminando entre los frondosos bosques atlánticos.

Ya en A Costa da Morte, disfrutarás de bellísimos paisajes enmarcados en la costa más agreste y salvaje. Importantes villas de tradición marinera, playas paradisíacas, faros y abruptos acantilados desde los que contemplar las puestas de sol más bonitas de España.

Camino a Finisterre y Muxía

¿Dónde comenzar la ruta a Finisterre y Muxía?

Desde Santiago de Compostela

La gran peculiaridad del Camino a Finisterre y Muxía es que a diferencia de otras rutas, no conduce a los peregrinos a Santiago de Compostela, sino que arranca desde la mismísima plaza del Obradoiro para dirigirse a la legendaria Costa da Morte.

Es por este motivo que muchos de los peregrinos y peregrinas que llegan a la ciudad del Apóstol, deciden alargar su peregrinación y completar las 4 o 5 etapas que separan Compostela de Finisterre y Muxía. Incluso hay quien, tras visitar ambos destinos finales de la ruta jacobea, continúa caminando de vuelta hacia Santiago haciendo un recorrido casi circular.

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Etapas del Epílogo a Finisterre y Muxía

Historia de la ruta a Finisterre y Muxía

Su historia comienza hace muchos siglos, cuando los romanos vivían convencidos de que la tierra era plana, una especie de plancha sólida que flotaba sobre un océano misterioso y enigmático, el llamado Mare Tenebrosum. Finisterre, o Finis Terrae, era considerado el último lugar de la Tierra.

Pero este Camino ya fue considerado un lugar de peregrinaje para los celtas, que lo eligieron como un importante lugar de culto al sol, el Ara Solis. Aquí el astro rey era visto por última vez cada día, dando comienzo al gran misterio, el mundo de los muertos o la isla de la eterna juventud.

Por lo tanto la ruta nació como un camino pagano que nada tenía que ver con el cristianismo. Sin embargo, con el descubrimiento de los restos del Apóstol Santiago y la cristianización de la península, no tardó en incorporarse a la red de caminos que frecuentaban los peregrinos que se dirigían a Compostela. Tras la consolidación del Camino de Santiago en la Edad Media cada vez eran más los peregrinos que decidían continuar su recorrido hasta Finisterre, en busca del misticismo sobrenatural que rodeaba A Costa da Morte.

Pero el cristianismo también forma parte de la historia del Camino a Finisterre. Se cuenta que el propio apóstol destruyó el altar del Ara Solis en su peregrinación por la península, construyendo en su lugar la ermita de San Guillermo, actualmente desaparecida.

El Códice Calixtino también recoge que los restos del apóstol fueron trasladados a Duio, un pueblo cercano a Finisterre, para solicitar el consentimiento del rey y poder enterrarlos. Según la leyenda, el paso de los discípulos del apóstol por este lugar fue una trampa que la reina Lupa diseñó para evitar que el santo fuese enterrado en Galicia.

Al igual que el resto de Caminos de Santiago, el Camino a Finisterre experimentó un gran desarrollo en la Edad Media. Sin embargo, también registró un importante declive a partir del siglo XVI.

A partir del siglo XX, las administraciones, asociaciones y entidades comarcales pusieron de nuevo en valor el Camino a Finisterre. Realizaron importantes tareas de difusión y promoción y crearon certificados de peregrinación propios, como la Fisterrana y Muxiana, que acreditan al peregrino la realización de la ruta.

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