El Camino de Santiago está un poco más triste. En la noche del 14 al 15 de enero de 2026 falleció en el Hospital de Ponferrada Tomás Martínez de Paz, más conocido por todos como Tomás de Manjarín o el último templario. Era uno de esos personajes que parecen sacados de un cuento, pero que muchos peregrinos conocieron de verdad, allí arriba, en lo alto del Camino Francés.
Este texto no es una biografía completa ni un reportaje histórico. Es, sobre todo, un pequeño homenaje para recordar quién era Tomás, qué hizo por los peregrinos y por qué su nombre ya forma parte de la leyenda del Camino de Santiago.

Tomás de Manjarín
Una luz en lo alto del Camino Francés
Si has caminado el Camino Francés, tal vez recuerdes el tramo entre Foncebadón y El Acebo. Es una zona alta, de montaña, donde en invierno el viento sopla con fuerza y la nieve puede cubrirlo todo. En medio de ese paisaje aparece Manjarín, una pequeña aldea maragata casi vacía, situada a cerca de 1.500 metros de altitud, poco después de la Cruz de Ferro.
Allí, desde 1993, Tomás levantó un refugio muy especial para los peregrinos: el Refugio Templario de Manjarín. Cuando llegó, el lugar estaba prácticamente en ruinas. Con paciencia, trabajo y una fe profunda en el Camino, fue dando vida a ese rincón: primero un cobertizo sencillo, luego un refugio lleno de símbolos templarios, banderas, cruces rojas y un famoso poste de madera con señales hacia Santiago, Roma, Jerusalén y otros lugares sagrados del mundo.
Quién era Tomás de Manjarín
Tomás era un hombre sencillo y duro a la vez. Había sido soldado y sabía lo que significaba pasar frío, hambre y miedo. Antes de instalarse en Manjarín, trabajó durante años en la zona de Ponferrada. La vida se le fue complicando y, como él mismo contaba, sentía que todo se desmoronaba. Entonces apareció el Camino.
Un día llegó a la aldea abandonada de Manjarín y sintió que ese lugar lo llamaba. Decidió quedarse allí “como un guerrero templario al servicio de los peregrinos”. Aprendió el oficio de hospitalero en el albergue Ave Fénix de Villafranca del Bierzo, donde descubrió cómo cuidar, escuchar y animar a los caminantes. A partir de entonces, dedicó su vida entera a la acogida.
Aunque vivía en León y se le conocía como maragato, Tomás tenía también un vínculo muy fuerte con Abarán y con la Región de Murcia. Allí lo consideraban un auténtico embajador del pueblo: hablaba de Abarán a los peregrinos, participaba en jornadas jacobeas y llevaba el nombre de su tierra amiga por toda la ruta. Para muchos murcianos, Tomás era “su” hospitalero en el Camino.

Peregrinas llegando a Manjarín
Un refugio templario en mitad de la niebla
El refugio de Tomás no era un albergue moderno. No tenía lujos: durante mucho tiempo no hubo agua corriente ni luz eléctrica, y la energía llegaba únicamente de unas pocas placas solares. En el interior, el suelo era de tierra o cemento, las literas eran sencillas y el frío se combatía con una estufa y mucho café caliente. Se dormía “a donativo”, es decir, cada uno dejaba lo que podía o lo que quería.
Sin embargo, el lugar estaba lleno de magia. Tomás recibía a los peregrinos con su túnica blanca y la cruz roja templaria, tocaba una campana cuando veía llegar a alguien y ofrecía una silla, un caldo o un simple vaso de agua. Muchos recuerdan cómo se sentaban junto al fuego mientras él escuchaba sus historias, bendecía el Camino por delante y les recordaba que lo importante no era la meta, sino el espíritu con el que caminaban.
Cada día, a las once de la mañana, realizaba una oración por la paz. Era un pequeño rito en el que mezclaba tradición templaria, fe sencilla y un profundo deseo de fraternidad. Rezaba con los peregrinos en diferentes lenguas y pedía por la paz en el mundo. Para muchos, ese momento fue uno de los recuerdos más emocionantes de todo su viaje.
Un templario al servicio de los peregrinos
A Tomás no le interesaba el turismo de moda ni el Camino convertido en un parque temático. Defendía un Camino de Santiago auténtico, más espiritual que turístico. Criticaba los “refugios de tres estrellas” cuando perdían la sencillez y trataban al peregrino como a un cliente cualquiera. En Manjarín todo era distinto: allí no se iba a ocupar una cama, sino a compartir una experiencia.
Su relación con la Orden del Temple iba mucho más allá del disfraz. En los años noventa impulsó el Círculo Templario de Ponferrada y se veía a sí mismo como un guardián moderno de la ruta. No protegía el Camino con espada y armadura, sino con hospitalidad, escucha y presencia constante, invierno tras invierno, cuando apenas pasaban peregrinos y la nieve cubría las montañas.
También fue un puente entre lugares. Desde Manjarín hablaba de la Maragatería, de Ponferrada, de la Región de Murcia, de Abarán y de tantos sitios por donde había pasado. Su refugio era como una pequeña plaza del mundo, donde se encontraban personas de muchos países, edades y religiones, unidas por el mismo deseo de llegar a Santiago.

Vista del refugio de Tomás de Manjarín
Un legado que sigue vivo en cada paso
Tras su fallecimiento, se celebró un funeral en la basílica de La Encina, en Ponferrada, y la familia anunció que sus cenizas serían esparcidas en Manjarín. Es bonito pensar que, de algún modo, Tomás seguirá acompañando a los peregrinos desde ese mismo lugar donde decidió vivir y servir.
Hoy el refugio templario está en silencio, pero su historia sigue viva. Cada vez que alguien sube hacia la Cruz de Ferro y se acerca a Manjarín, puede imaginar la campana sonando, el humo saliendo de la cocina y la figura de un hombre barbudo, de túnica blanca, abriendo la puerta para ofrecer algo caliente y una bendición sencilla.
Si algún día caminas por allí, quizá quieras detenerte un momento, mirar el paisaje y dar las gracias. Yo llegué a conocerlo en 2022, haciendo el Camino Francés, y tuve la suerte de poder hablar con él tomando su café caliente y recibir su sello y toda su humanidad. Gracias Tomás por tu hospitalidad y por recordarnos que el Camino de Santiago también va de cuidar a los demás. Y por enseñarnos que, a veces, un pequeño refugio en mitad de la niebla puede convertirse en uno de los grandes tesoros del Camino.
Buen Camino, Tomás, y que la tierra te sea leve. Tu espíritu seguirá caminando con nosotros.
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