Imagina que hoy te vas de viaje y, en vez de subir stories, escribes una carta larguísima a tus amigas contando todo: el camino, lo que comes, a quién conoces, qué te sorprende, qué te emociona… Pues eso hizo Egeria hace cientos de años, en los albores de la Edad Media. Egeria (también citada en fuentes como Etheria o Aetheria) fue una mujer cristiana del Imperio romano que dejó por escrito un relato de su peregrinación a Tierra Santa en el siglo IV. Su texto se conoce como Itinerarium Egeriae o Peregrinatio y, aunque nos ha llegado incompleto, es una joya: está escrito en primera persona, con ojos de viajera real, de las que miran, preguntan y apuntan.
¿Y de dónde era? Aquí viene el primer “ojo”: no podemos afirmarlo al 100 %. Muchas veces se la presenta como hispanorromana y se ha defendido un origen en la antigua Gallaecia (noroeste de la Península), pero hay debate académico sobre su identidad y procedencia. Lo que sí está claro es que su relato es uno de los testimonios más antiguos y valiosos de una viajera cristiana contando su experiencia de forma detallada. Y un detalle precioso: el texto parece dirigido a un grupo de mujeres “en casa”, una especie de “círculo” de amigas o compañeras espirituales, a las que Egeria llama con fórmulas de cariño típicas de la época. O sea: ella viaja… pero escribe para compartir.

Egeria escribió su relato durante su viaje
Un viaje enorme en sandalias: lo que recorrió (y cómo se movía una peregrina)
Cuando leemos “peregrinación” hoy pensamos en mochilas, botas y sellos. Egeria, en cambio, viajó en un mundo sin Google Maps, sin reservas online y sin “me mandas la ubicación”. Y aun así, se lanzó a una aventura gigantesca. Su ruta (según lo conservado del texto) pasa por lugares que hoy nos suenan a libro de historia y, a la vez, a película épica: Monte Sinaí, Jerusalén, el Monte Nebo, la zona del Mar de Galilea… incluso menciona paradas por lo que hoy sería parte de Siria y Turquía.
Además, no fue un paseo rápido de “voy y vuelvo”. Egeria llegó a pasar alrededor de tres años en Jerusalén, usando la ciudad como base para hacer excursiones a distintos lugares sagrados. ¿Y cómo se viajaba entonces? Con mucha logística humana: rutas romanas, escoltas en algunas zonas, hospicios, comunidades cristianas que acogían peregrinos… y, sobre todo, con paciencia. Mucha. La clase de paciencia que te hace pensar: “vale… si ella pudo cruzar medio mundo “a palo seco”, yo puedo subir esa cuesta del Camino sin drama”.
Aquí también encaja algo muy “de viaje”: a veces el viaje no lo decide tanto el “dónde” como el “con quién”, porque la compañía cambia la experiencia por completo. Egeria, en su estilo, también deja ver que no viaja como un robot: conversa, pregunta, se maravilla, se apoya en gente. Un viaje es un mapa… pero también es un montón de encuentros.

Egeria tenía la costumbre de visitar a eremitas y anacoretas
El “diario” que no es diario: lo que escribió y por qué engancha tanto
Aunque a menudo se le llama “diario”, lo que escribió Egeria se parece más a una crónica viajera en forma de carta, contada desde dentro. Y eso es lo que la hace tan moderna: no suena como un documento frío, sino como alguien que te está diciendo: “¡No sabes lo que vi hoy!”
En la primera parte conservada (la parte de “ruta”), Egeria describe trayectos y visitas a lugares que ella identifica con historias bíblicas. No es solo “aquí hay una montaña”: es “aquí pasó esto”, “aquí se recuerda aquello”, “aquí nos contaron tal tradición”. Y luego viene una de las partes más famosas y valiosas: sus descripciones de la liturgia en Jerusalén, especialmente celebraciones como la Semana Santa y la Pascua. ¿Por qué es importante? Porque nos cuenta cómo se vivían esas ceremonias en el siglo IV, con detalles de horarios, recorridos, cantos y costumbres. Es como encontrar un vídeo antiguo… pero escrito.
Lo divertido es que, aunque Egeria habla de cosas religiosas, lo hace con una mirada súper “de viajera”: observa cómo funciona la ciudad, cómo se organiza la gente, qué hacen en cada momento. No está escribiendo una tesis: está contando una experiencia. Y eso, para los historiadores, es oro. Uno de los ingredientes que hacen que una historia viaje bien (en papel o en pantalla) es esa idea de recordar por qué estás contando lo que cuentas, qué te movió a empezar. Egeria parece escribir justo desde ahí: desde la emoción de estar viviendo algo que quiere compartir.

Egeria caminando escoltada por soldados romanos, lo que nos hace pensar que era una mujer de clase alta
¿Cómo sobrevivió su historia? El manuscrito perdido, el hallazgo y el “¡Eureka!” tardío
Egeria escribió en el siglo IV, pero su texto no nos llegó en un original guardado en una caja con lacito. Nada de eso. Lo que se conserva del Itinerarium llegó a nosotros gracias a una copia medieval: el llamado Codex Aretinus, un manuscrito del siglo XI (copiado en el entorno de Monte Cassino, según la tradición de estudio).
En 1884, un estudioso italiano llamado Gian Francesco Gamurrini encontró ese códice en una biblioteca de Arezzo (Italia). O sea, que durante siglos el texto estuvo ahí, calladito, esperando a que alguien lo reconociera. ¿Está completo? No. Faltan el inicio y el final, y hay huecos (lagunas) en varias partes. Pero aun así, lo que queda es suficiente para entender la voz de Egeria y la dimensión de su viaje.
¿Y lo del nombre? También es interesante: como el manuscrito conservado no venía con una “portada” clara diciendo “Hola, soy Egeria”, durante un tiempo hubo confusión. Parte de la identificación se relacionó con una carta posterior (atribuida a Valerio del Bierzo) que menciona a una peregrina, y por eso aparecen variantes del nombre según manuscritos. Resultado: hoy se habla de Egeria, Etheria o Aetheria… y posiblemente se refieran a la misma persona.
Por qué el viaje de Egeria es un hito en la historia
El viaje de Egeria no es solo una aventura antigua: es un auténtico hito histórico. Su relato, el Itinerarium Egeriae, es uno de los testimonios de viaje más antiguos que conservamos escritos por una persona de Hispania, y además por una mujer. Y eso lo convierte en algo rarísimo y valiosísimo: una voz femenina del siglo IV contando en primera persona lo que ve, lo que vive y lo que siente mientras recorre el mundo.
Egeria deja algo muy cercano: el punto de vista de una viajera real. Describe caminos, etapas, paradas, tradiciones locales y celebraciones religiosas con un nivel de detalle que hoy nos permite asomarnos a cómo era peregrinar en el Imperio romano tardío. Gracias a ella sabemos cómo se viajaba, cómo se organizaban las peregrinaciones y cómo se vivían los grandes lugares sagrados en aquella época.

Egeria describe muy bien la liturgia cristiana de su época en los lugares que visitó
Y aquí viene un dato curioso para ponerlo en perspectiva: aunque hoy asociamos la palabra “peregrinación” al Camino de Santiago, Egeria no hizo el Camino… ¡sencillamente porque todavía no existía! Su peregrinación fue a Tierra Santa y otros lugares santos del Oriente cristiano. De hecho, faltaban casi 500 años para que naciera el Camino de Santiago tal y como lo conocemos, cuando comenzara la gran historia jacobea en Galicia.
Por eso Egeria es tan importante: porque nos dejó, siglos antes de que existiera Compostela como destino peregrino, una prueba viva de que ya había personas caminando con sentido, viajando para buscar algo más que un lugar. Y lo mejor es que alguien tuvo la brillante idea de contarlo por escrito, un hito total en la literatura de viajes. Gracias a ella, hoy no solo imaginamos cómo era aquel mundo: lo vemos con los ojos de una viajera.
Hay gente que camina para llegar a un sitio. Y hay gente que camina para contarlo. Egeria hizo las dos cosas. Y, por suerte, todavía podemos leerla (aunque sea a trocitos) y sonreír pensando: la primera gran viajera no necesitó filtros. Solo ojos, piernas… y ganas de contárselo a sus amigas.
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