Ser madre o padre de un adolescente hoy en día es una misión de alto riesgo. Los miramos con una mezcla de amor incondicional y absoluta perplejidad. Son criaturas fascinantes: capaces de editar un vídeo en 4K con el pulgar mientras comen cereales, pero se bloquean si les pides que vayan a comprar el pan y no aceptan Bizum.
No es que lo hagan a propósito. Es que han crecido en un mundo donde todo está a un clic, y la vida real, esa que requiere paciencia, sudor y hablar con desconocidos, a veces les resulta un “mapa” desconocido donde navegar. Si has notado que tu hijo vive en una realidad paralela, quizá el Camino de Santiago sea justo el “reinicio” del sistema que necesita. Aquí tienes tres señales, contadas con cariño, de que es hora de cambiar la fibra óptica por las flechas amarillas.
1. El modo ahorro de energía permanente
Lo que ves en casa: Tu hijo no es perezoso, simplemente es un experto en eficiencia energética. Ha calculado el número exacto de pasos necesarios para ir de la cama al sofá y de ahí a la nevera, y no dará muchos más. A veces tienes la sensación de que si pudiera teletransportarse al baño para no tener que levantar los pies, lo haría. Su resistencia física es legendaria… pero solo para maratones de series o torneos de videojuegos nocturnos.
El giro del Camino: El Camino de Santiago es un gimnasio camuflado de aventura. Al principio, probablemente te mirará como si le hubieras propuesto cruzar Mordor a la pata coja. Escucharás la frase “me duelen los pies” en frecuencias de audio que no sabías que existían. Pero aquí ocurre la magia: tras el segundo o tercer día, esa “alergia al ejercicio” desaparece. Descubrirán que su cuerpo sirve para algo más que para sostener una cabeza que mira una pantalla. Y, para rematar, nada une más a un grupo de adolescentes que descubrir, todos al mismo tiempo, que tener agujetas también puede ser motivo de risa y no solo de queja.
2. El pánico al teléfono de voz
Lo que ves en casa: Es una paradoja moderna: tu hijo tiene 500 amigos en Instagram y está en doce grupos de chat activos simultáneamente, pero si tiene que llamar por teléfono para pedir una pizza o preguntar la hora a un desconocido, entra en pánico. Para su generación, a veces una llamada de voz inesperada es prácticamente un susto de película: no saben si responder, si huir o si fingir que no han oído nada. Han olvidado el noble arte de la charla intrascendente y el “cara a cara” sin emojis de por medio.
El giro del Camino: El Camino es el entorno social más seguro del mundo para desbloquear esta habilidad. Aquí es imposible no interactuar. Todo el mundo saluda. Al principio, tu hijo se sentirá extraño diciendo “hola” a gente que no conoce y que no le ha enviado una solicitud de amistad. Pero pronto descubrirá que el mundo real es bastante amable. Terminará compartiendo mesa (y ampollas) con un señor alemán o una estudiante coreana, descubriendo que puede mantener una conversación interesante sin necesidad de enviar stickers. Es un curso acelerado de “Habilidades Sociales 1.0” e idiomas que ninguna app puede igualar.
3. El síndrome del buscador de Wifi
Lo que ves en casa: La jerarquía de necesidades de tu hijo ha cambiado, y en la base no está la comida ni el refugio, está el Wifi. Cuando entran en un sitio nuevo, no miran la decoración, miran las barritas de cobertura. Si la conexión falla, ves en sus ojos un vacío existencial, como si de repente hubieran sido expulsados de la civilización. Sufren el miedo a no estar “en la onda”, a perderse ese meme que caducará en 24 horas.
El giro del Camino: Galicia tiene rincones maravillosos donde la cobertura es, digamos, “vintage”. Y eso es genial. Pasado el shock inicial (que durará unas horas y requerirá paciencia), tu hijo descubrirá algo increíble: el aburrimiento no es mortal. De hecho, es necesario. Sin notificaciones vibrando cada diez segundos, levantarán la cabeza. Se darán cuenta de que los paisajes del norte tienen mejor resolución que cualquier pantalla de último modelo y que, sorprendentemente, las mejores “historias” no son las que se suben a Instagram, sino las que se viven mientras caminan con otros chavales, se equivocan de camino o se ríen porque alguien ha perdido una chancla en mitad del bosque.
Conclusión: Unos kilómetros para reconectar
No te voy a engañar: habrá quejas. Algún “me duelen los pies”, un par de “esto es inhumano” y probablemente alguna mirada dramática digna de un Premio Goya. Pero el Camino de Santiago tiene un efecto secundario maravilloso: al final del viaje, cuando llegue a la Plaza del Obradoiro, tu hijo estará más sucio, más cansado y, milagrosamente, más presente que nunca. Y quizá, solo quizá, durante la cena de grupo no saque el móvil, sino que cuente una anécdota del día. Solo por eso, ya habrá merecido la pena cada paso.
Si quieres entender mejor cómo funciona esta aventura educativa, puedes consultar todos los detalles en nuestra sección dedicada al Camino de Santiago para jóvenes y adolescentes, donde resolvemos dudas sobre seguridad, organización y logística. Y si te interesa conocer el modelo completo, visita nuestra página sobre campamentos de verano para adolescentes basados en el Camino de Santiago, una guía clara y directa sobre por qué esta propuesta se ha convertido en una de las experiencias seguras para jóvenes más valiosas del verano.
Porque el Camino, igual que la vida, se entiende mejor cuando se camina acompañado… aunque haya protestas por el camino.
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