En coche por la Ruta dos faros • 200 kilómetros de naturaleza salvaje

O Camiño dos Faros, popularmente conocido como la Ruta dos Faros de Galicia, es un entramado de casi 200 kilómetros de fascinantes sendas, que se dividen en ocho etapas de unos 25 kilómetros cada una, que recorren la Costa da Morte desde Malpica hasta Finisterre.

 

Si bien es cierto que la ruta está concebida para hacerla caminando o en bicicleta de montaña, os proponemos descubrir esta Ruta dos Faros con nuestro coche, siguiendo la carretera más pegada a la costa. Con la mar acompañándonos, unas vistas inigualables de acantilados imposibles, paradas en esas villas marineras gallegas cargadas de tradición, faros que cuentan historias, playas para llegar y no marchar nunca… En definitiva 120 kilómetros de naturaleza salvaje, tradición y cultura que arrancan en el precioso puerto de Malpica y llega hasta el faro del fin del mundo, Finisterre.

Malpica, 100% tradición marinera

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Arrancamos la Ruta dos Faros en Malpica, un pueblo marinero que se ha curtido con la batida de las olas contra el espigón del puerto. Un puerto que antaño sirvió de base para la pesca de ballenas y que hoy en día sigue a pleno rendimiento. Será en esta primera parada donde disfrutemos de la playa de Area Maior, la ermita y el mirador de San Adrián, desde donde veremos las Islas Sisargas que acogen el primero de los faros de nuestra ruta desde 1919. Antes de marcharnos, pasaremos por la playa de Beo, parando a ver su cruz, la playa de Seiruga y continuaremos hasta Punta Nariga. Aquí encontramos el segundo de los faros de esta ruta, rodeado de rocas labradas por la mar y el viento, creando un paisaje sobrecogedor y fascinante.

 

Faro de Punta Nariga

 

De Niñons a Ponteceso con el mar como protagonista

 

En esta parte del viaje vamos a parar en muchos rincones que serán difíciles de olvidar por su peculiaridad. El Puerto de Santamariña es uno de ellos, ya que nos ofrece una visión preciosa de Punta Nariga. Aunque lo más significativo que vamos a ver serán las casas de la aldea Roncudo, donde  se adapta la construcción a la dureza de la zona, donde el mar no perdona.

En esta zona encontraremos el tercero de los faros coronando un saliente de roca gris donde el mar azota sin piedad produciendo un ruido ensordecedor, ronco, que da nombre a este faro, Roncudo. Serán varias las playas donde podremos ir parando: del Osmo, de la Ermida (imposible no parar a ver A Pedra da Serpente, un vestigio único en Europa, perteneciente a la época romana en el que lo pagano y lo cristiano se dan la mano) y de Río Covo. Y antes de seguir nuestro camino, una parada en Ponteceso, para ver su puente sobre el río Anllóns, y el pazo donde nació el poeta Eduardo Pondal.

De Laxe a Arou, ecosistemas únicos y mucha historia

 

Una vez que dejemos Ponteceso nos desviaremos hacia el interior para descubrir dos estampas arqueológicas únicas: el castro A Cibda de Borneiro, habitado entre los siglos VI a.C. y I d.C y descubierto en 1924 por Isidro Parga Pondal; y el Dolmen de Dombate, una joya del arte megalítico que sorprende por su grandiosidad y su magnífico estado de conservación, donde, además, podremos visitar el centro de interpretación. De ahí, para tener una de las mejores vistas del océano Atlántico de esta Ruta dos Faros, subiremos hasta el Monte Insua donde está el Faro de Laxe. Aquí encontramos la escultura ‘A Espera’, un homenaje a todas esas mujeres e hijos que esperan pacientes en tierra firme a sus padres, hijos, nietos, esposos marineros.

Su situación es privilegiada, el infinito océano a la izquierda, la ría de Laxe a la derecha, un espectáculo para los sentidos. Visita obligada merece la playa de los cristales, donde el océano devolvió los cristales de distintas botellas, aquello fue un vertedero, convertido en pequeñas lágrimas de colores. La laguna y la playa de Traba nos regalan un ecosistema peculiar con las dunas como protagonistas en la playa, y una pasarela en la laguna desde las que contemplar la flora y fauna de la zona. Saliendo de Arou no debemos dejar pasar la ocasión de parar en el mirador de Lobeiras.

 

Escultura de "A Espera"

De Camariñas a Muxía, pura Costa da Morte

 

En Camariñas nos encontramos el faro de Cabo Vilán, el primero eléctrico de toda España en el que podemos visitar el Centro de Interpretación de los naufragios, faros y señales marítimas, y el Faro Vello, que funcionaba con vapor y que aún se mantiene. El camino que nos lleva por esta zona es pura Costa da Morte, una carretera agreste, con vistas a esos acantilados de vértigo, donde la piedra es nuestra compañera, mostrándonos esculturas imposibles forjadas a golpe de ola, de viento, de tiempo. Llegamos a una parada obligada, Punta Boi, donde encontramos el conocido como Cementerio de los Ingleses.

Aquí, a mediados del siglo XIX, se produjeron tres naufragios, dejando maldita esta parte de la Costa da Morte. El 1883 el ‘Iris Hull’ partió de Cardiff para no regresar, en 1890 el ‘Serpent’ salió de Plymouth hacia Sierra Leona  pero un temporal estrelló el buque contra las rocas de Punta Boi  y no llegó a su destino y, finalmente, en 1893 el ‘Trinacria’, que salió desde Glasgow con destino a Gibraltar, nunca llegaría a su destino. Aquí, en este lugar tan bello como trágico se sitúa este cementerio, homenaje a aquellos súbditos británicos que se dejaron la vida en la costa gallega.

Y llegamos a Muxía. Si Santander es la novia del mar, esta emblemática ciudad gallega lo es del viento. El puerto, ése que da de comer a los lugareños nos recibe, ése que en 2002 fue golpeado por el desastre del ‘Prestige’ (se ha creado un paseo in memoriam) nos recibe, pero nosotros vamos a seguir rumbo al Santuario de Nuestra Señora de la Barca, construido en el siglo XII,  puro románico. Subimos por la empinada escalera hasta el monte Corpiño, merece la pena el esfuerzo: ante nosotros se nos presenta una panorámica de Muxía, el Faro Vilán, la mar, el verde de los prados… Nuestra siguiente parada es el Faro de Muxía, cuyo enclave es privilegiado, un espectáculo visual al amanecer, al atardecer, con la mar brava sacudiendo sin piedad la roca. Impresionante.

Y antes de llegar al final de esta ruta, nos detenemos en Touriñán para ver el Cabo del mismo nombre, un lugar pedregoso, con sus dos faros, en el que se contempla cuando arranca la primavera y termina el verano, la última puesta de sol del continente europeo.

 

 

Finisterre

 

Y llegamos al final, al cabo de Finisterre, el cabo del fin del mundo, parada obligada del Camino de Santiago. Un conjunto formado por el faro octogonal, un edificio llamado la Vaca de Fisterra que alberga una sirena de alerta y otro llamado el Semáforo, desde donde se mandaban señales la los barcos de guerra desde que fue construido en 1879. Y qué maravilla despedirse  de esta fantástica ruta con el océano Atlántico a nuestros pies, como una alfombra de agua y sal, con ese olor que todo lo impregna, contrastando con el verde de los prados que rodean al faro.

 

Una ruta llena de sensaciones que no podemos dejar de disfrutar. Pueblos marineros con un encanto especial, playas inmensas, acantilados imposibles, faros regios, rocas que son arte, naturaleza en estado puro o miradores que nos regalan vistas impagables, son algunos de los alicientes para plantearse hacer esta ruta.

 

 

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